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Pathé, un año después

sábado 31 de octubre de 2009

El pueblo sigue vacío. La iglesia de pueblo ostenta un cada vez más grande candado en la puerta que le dice al visitante que en la casa de dios no es, precisamente, bien recibido. Un papel exige que se apaguen los teléfonos celulares. Más allá, la escuela primaria es lo único que da la impresión de que, en efecto, hay vida en el pueblo.

Además están las calles que, con escombro por todos lados, propios de simultáneas adecuaciones a las casas de los que viven en el centro, adoquines levantados por aquí y allá, hierba crecida en las orillas de la cancha de basquetbol, todo, fortalece la impresión de que es un pueblo fantasma. Pero no. Es San Lucas Pathé, del municipio mexiquense de Acambay, el mismo lugar que hace menos de un año, recibiera con peregrinación y fiesta; con cohetones y con música, una imagen en madera que fue sustraída de su templo en 2007, historia que, en su momento, este medio diera a conocer.

No hay caras conocidas. Ya no están el sacerdote con su jeep ni su secretaria amable. Una mujer, hosca, desde la escalera que conduce a la habitación del sacerdote en turno explica que no podrán recibirnos. Queríamos saber cómo había cambiado la gente luego de que regresara su imagen, esa que les habían quitado, bajo la cual todos habían sido bautizados hasta 2007, cuando un grupo de hombres, en la noche, entró y se la llevó.

“Dice que lo esperen, que llega a las tres”; eran las 10 de la mañana. No hubo intervención divina ni no. Simplemente la mujer regresó a su ligar, quizás frente a la televisión, que comenzó a sonar tanto como los altavoces de la escuela cuando la puerta se abrió respondiendo al timbre.

Salimos de ahí y caminamos por el pueblo. Aquella tendera que hacía un año nos había dado nortes cuando visitamos el pueblo por primera vez ya no estaba; en su lugar un hombre malencarado nos enfrentó con la mirada, “¿Qué es lo que buscan?”. Tras explicarle nos dijo que nadie querría hablar de nada con la prensa, “nos metieron en muchos problemas”. No dijo más y regresó la atención, como aquella mujer, a la televisión. Pasaban una película en blanco y negro.

Por fin alguien nos sonreía. Una señora a la que había que hablarle a gritos. Estaba enterada del regreso de la imagen, por supuesto. Le preguntamos sobre los mayordomos y nos dio un par de nombres y direcciones. Nadie en las casas.

La mañana siguió así. De un lado a otro y sólo dos nombres. Una patrulla de Acambay apareció detrás de nuestro auto. Ningún policía bajó. Los dos sólo fumaban y nos seguían con la mirada. Detrás, un pequeño grupo de hombres que salió de quién sabe dónde aguardaba afuera de la tienda que visitamos primero.

Regresó San Miguelito, patrón no sólo del pueblo sino de la región. Una escultura del siglo XVI que fue robada y que convirtió un pueblo amable en un pueblo resentido. El candado seguirá ahí por mucho tiempo, hablando de que este pueblo enojado se convirtió, por intervención divina o de las autoridades, en un pueblo cuidadoso, con gente que mira por entre las cejas y que no volverá a conocer la hospitalidad, para desgracia de muchos.

Acambay | Ernesto de la Cueva